martes, 28 de diciembre de 2010

Cosas que dejé en la ciudad del gusto por lo simple

GUAYAQUIL (ECUADOR).-  Guayaquil es una ciudad frugal. Un destino donde los viajeros que se contentan con poco, pueden encontrar bastante. En algunos casos, mucho más de lo que buscan. Uno diría, incluso, que la frugalidad de Guayaquil es parte de la idiosincrasia de sus nativos. El reflejo de cierto gusto por lo simple.
Amigall (Flickr)
Los mercados aquí son una especia de medina tropical.
Claro que descubrir esa sencillez lleva tiempo. Probablemente más de una visita. Quizá un viaje de ida y vuelta, como el que han emprendido los cientos de miles de guayaquileños emigrados a España en los últimos años. O una estancia "con retorno", como la de este corresponsal, que vivió en Guayaquil y que solo después de unos años ha aprendido a extrañarla.
Lleva tiempo acostumbrarse a su disfrute moroso. Luego, cuando por fin se consigue, al visitante —o al retornado— empiezan a sobrarle los extras. Los aditivos. Solo entonces Guayaquil revela su carácter. El de un lugar distinto y ajeno al adjetivo cliché que se gastan los redactores perezosos de folletos turísticos. El de un lugar desacostumbrado.
No hay enamoramiento súbito con la ciudad junto al río Guayas. Recién llega, el viajero suele caminarla sin tropezar con nada que le deslumbre. Todo lo que ve y respira es una urbe demorada aunque en trajín continuo. Una ciudad desaliñada y de clima húmedo. Un aire pegajoso y 'dulciamargo'.
Muy poco es lo que llama la atención. Si acaso, la infinidad de pequeños comercios que hacen de la villa fundada por el explorador Francisco de Orellana una especie de zoco que huele a banano frito. Una medina tropical. Si acaso, la superpoblación ruidosa de taxis amarillos y buses. Miríadas de taxis y de 'busetas' que jamás pasarían una ITV y que hacen sonar incontinentes sus bocinas.
Por más que el viajero camina y camina, pocas cosas, al margen de su tamaño, le hablan de la importancia y pujanza de una metrópoli que supera holgadamente los dos millones de habitantes. De una ciudad que es puerto principal desde donde Ecuador exporta bienes a medio planeta. Plátano, petróleo, cacao, flores, camarón...
Lo avisaban las guías cuando, hasta hace muy poco, hasta que el Municipio emprendiera una ambiciosa y postergada renovación urbanística, desalentaban su visita a cualquiera que no precisara tomar un vuelo hacia Galápagos. Lo cantaba Manu Chao, el de los Mano Negra, cuando decía que en Guayaquil "no pasa nada...".
La luz desvaída de una calidad que se dibuja cerca de la línea ecuatorial.
Guayaquil no es Quito. Carece de la "densidad histórica" o del encanto colonial de la capital del país. Tampoco es Bogotá, y por eso no puede competir con la "movida" de su vecina colombiana. Con sus teatros, sus galerías, sus cines, sus restoranes...
No es la monumental y peruana Cuzco. No es, a pesar de que tenga algo de "caribeña", Cartagena de Indias. No es, aunque a sus locales les digan porteños, Buenos Aires. Guayaquil no cuenta, al menos a primera vista, con el tirón de otras grandes capitales suramericanas.
Guayaquil es Guayaquil. Y el visitante la disfrutará si deja de dar palos de ciego buscando lo excepcional y se rinde a una ciudad discreta y sobria. A una ciudad que se hace valer a fuerza de ofrecer poco. Lo suficiente.
Al que esto firma le bastan los paseos por el Malecón Simón Bolívar y la vista fugaz, siempre cambiante, del cauce color chocolate del Guayas. Su luz desvaída e inasible, de una calidad como solo puede dibujarse cerca de la línea ecuatorial.
Le vale con la estampa de sus gentes desocupadas y con la molicie contagiosa que te reconecta con afanes para los que cada vez hay menos tiempo y más apuro. Con la charla. Con la indulgencia de perder una mañana parado en una esquina.
Les bastan los aguaceros bíblicos tras un día de calor. Un atardecer de brisa. La toponimia evocadora de su callejero, como sacado de una crónica de Indias. Boyacá, Rumiñahui, Tungurahua, Rumichaca, Huancavilca...
Le vale con su vegetación caprichosa de ceibos y orquídeas. Con las iguanas asoleándose en el parque Seminario.
A uno le gusta pensar en Guayaquil como si hubiese sido cocinada según la receta de uno de los más sabrosos platos de la gastronomía costeña. El ceviche.
Un pescado fresco cocinado levemente y "curtido" luego en un limón de una variedad verde y redonda como una pelota de golf que alguien, en un hallazgo poético, llamó limón 'sutil'. Un pescado de carne blanca como una sopa con unos aros de cebolla y unas briznas de cilantro... Para qué más.

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